El testamento de Húrin
- Astra Castra
- 12 feb
- 7 Min. de lectura
Este fue un reto de aprendizaje de la U. Consistía en crear una narración hipertextual, en ese momento estaba leyendo Los hijos de Húrin, de JRR Tolkien, una de las tres historias principales en el Silmarilión.

Húrin lavó sus manos en las heladas aguas de la Bahía de Balar. En el horizonte, el sol descendía tras la isla que lleva su nombre. Había atravesado los pantanos de la Boca de Sirion arrastrándose como las bestias, ora en cuatro patas, ora reptando como una serpiente, hasta alcanzar por fin la costa. Buscaba un lugar donde pudiera yacer, con la mirada fija hacia el poniente, acusadora, aguardando el día en que los señores de las Tierras Imperecederas saldaran su deuda de sangre con la casa de Hador.
Un haz dorado iluminaba los acantilados blancos de la isla, que resplandecían en el ocaso como un segundo sol, evocando la luz sagrada de Aman, ahora solo contenida en el Silmaril de Fëanor que Thingol portaba en su cuello. Húrin había sellado su deshonra al arrojar el tesoro de Nargothrond a los pies del rey, consumando así el oscuro destino trazado para él.
Pero ni todo el odio de Morgoth podía mancillar la luz de su resplandor, ni aquel del rostro de la reina, Melian de los Maiar, que mirando con compasión la ruina del señor de Dor-lo-min, respondió con dulzura las amargas palabras, aquellas que el enemigo ponía en su boca. Así por fin Húrin abrió sus ojos al vil designio que se había consumado.
Dando la espalda a los monarcas del reino oculto comenzó su marcha. Ni elfo ni hombre osaron detenerle, ni pronunciar su nombre en afrenta o en homenaje. Al mirar atrás por última vez, vio a Thingol acariciando con recelo la joya sagrada que pendía de su cuello, mientras los ojos de Melian le seguían con tristeza, hasta que las altas puertas del salón de Menegroth se le cerraron. Fue así que, por vez primera desde el día que marchó a la guerra hace tantos años ya, que Húrin no pudo discernir el rumbo de sus pasos.
Entonces nació en su pecho el anhelo del océano, por el llamar de gaviotas y el sonido del mar, su último acto ha de ser encarar al Señor de las Aguas antes de morir. Y así partió, caminando al sur y al este, siguiendo el cauce del Esgalduin hasta Aelin-Uial, donde se unen sus aguas con el gran Sirion, cayendo tumultuosas por oscuros pasajes bajo las montañas de Andram, emergiendo nuevamente a las Puertas de Sirion.
Descendió por senderos traicioneros, por la cara de precipicios y por escaleras ocultas esculpidas en la roca, conocidas solo por los elfos grises. Ninguna criatura, noble o feroz, salió a su encuentro, ni siquiera en los sombríos bosques de Nan-Tathren, donde se dice moran bestias extrañas de eras inmemoriales antes del despertar de los hijos de Ilúvatar. Ojos oscuros y llenos de odio desde la penumbra le acechaban, pero Húrin no temía garra o colmillo, ni los dardos de los orcos; ya ningún arte oscura tenía secretos para él. Sin probar bocado y sin descanso, caminó; habiendo olvidado el sabor del pan, solo las heladas aguas del gran río sostenían su voluntad.
El clamar de las aves marinas el final de su jornada marcaba. Ante él se abría la azul inmensidad de Belegaer, el Gran Mar Occidental, en cuyas aguas aguarda la esperanza de libertad. Sumergiendo en la espuma adoloridos pies, contempló el vasto azul que, en calma o en furia, permanecía indiferente a las penas de los mortales.
Durante su tormento en Angband, Húrin fue forzado a contemplar el mundo a través de los propios ojos de Morgoth. Lentes que torciendo y corrompiendo le mostraron la ruina de su casa, viviendo en propia carne, las aflicciones de Túrin y Nienor, la caída de Nargothrond, y la llegada del invierno a los reinos de los elfos. Mas nunca le mostraron, en su maligna voluntad, el brillo del mar, o la luz de esperanza más allá.
Veintiocho años lo desafió, pero los designios del maligno son lentos en germinar, y el odio que afloró le cegó a la luz. Tarde llega la hora en que, en su corazón ya no queda amor u odio, furia o deseo, dejando por fin entrar la belleza de este mundo, sumergiéndose en su luz. Al descender el sol a los abismos bajo las Tierras Sagradas, las fuerzas abandonaron su cuerpo, y con ellas, el miedo que por tanto tiempo había albergado.
—Dime, oh Señor de las Aguas —murmuró Húrin, la espuma acariciando sus pies— ¿valió la pena? ¿Dónde se halla el sentido, de sacrificar todo en las guerras de los inmortales, si por la fuerza de hombres o elfos no nace la esperanza de victoria?
Seis generaciones de los Edain entregadas en vano, al servicio de inmortales, en una guerra tan antigua como los pilares de la tierra. Húrin, envuelto en la brisa salada del mar, reflexionaba, imaginando lo que pudo haber sido y lo que jamás será. El rocío del océano descendía por sus mejillas, pues sus lágrimas hacía mucho se habían secado ya.
—¿Acaso no habría sido sabio el concejo, para la posteridad de la casa de Hador de desamparar aquellas tierras impugnadas? Viajar al sur y al este, en busca de fértiles comarcas, más allá de las interminables guerras del norte. ¿Existe en el vasto mundo, tierra que escape a la sombra de Morgoth, y a la luz de los Eldar por igual? Salvo refugio donde el bravo Túrin, mi hijo y heredero, pudiera con sus manos la tierra trabajar, y la dulce Nienor entonara arrullos para los hijos de mi linaje.
Orgullo... ¡fue el orgullo la ruina de mi pueblo, y la caída de los Eldar! Creer que la fuerza de nuestras armas podría inclinar nuestro destino. Así como la furia de Fingolfin ante las puertas de Angband, escoger muerte antes que la deshonra fue mi condena. En verdad os digo, amargo es el destino del hombre, e inescapable su final, pues contra el poder de Morgoth, no ha de haber victoria. Decidme entonces, ¿por qué las huestes de Valinor nos abandonan? ¿De dónde entonces vendrá el auxilio de los Edain?
Los últimos rayos del sol perecían tras los picos blancos de la Isla de Balar cuando Húrin alzó la vista al cielo para agradecer, pues por fin comprendía el regalo de Ilúvatar. Cual fuese su destino más allá de los Círculos del Mundo, más cruel sería siempre aquel que se hallara en las batallas de inmortales.
— Ulmo, escucha ahora mi última voluntad, te ruego. Clamó Húrin, alzando la vista al cielo para que la brisa marina se llevara sus palabras. — Que aquel augurio que una vez ante Turgon, al momento de la última partida se pronunciara, se haya de unir a la sentencia de Mandos y al destino de Arda. Que de su casa y la mía renazca la esperanza, de salvación para la Tierra Media y la ruina de Morgoth.
Entonces Húrin cerró los ojos y con la llegada de la noche exhaló su espíritu. Y se dice que Ulmo, entre los Valar el más atento al sufrimiento de hombres y elfos, habiendo escuchado su última voluntad, lo cubrió con su manto, y una gran marea lo arrastró. Y cuando la furia de los Valar quebró el mundo y la cara de arda cambió. Cuando el gran océano cubrió Beleriand, Ulmo deposito a Húrin en la cima de Cabed Naeramarth, para yacer junto a Morwen Eledhen, hasta el fin de los tiempos.
Análisis
El texto anterior es un hipertexto basado en el libro: “Los hijos de Húrin” y el capítulo 22 del libro “El Silmarilión” de J.R.R Tolkien. En él se da una relación de metatextualidad, así como de architextualidad, preservando elementos del género de alta fantasía, como existencia de magia y seres fantásticos, así como uso de lenguaje y sintaxis arcaicos.
El hipotexto narra la tragedia de proporciones Edípicas, de Húrin, último caudillo ante la caída de los reinos de norte. Esta contrasta con la historia de “Beren y Lutien” que le precede tanto en el libro, como en la cronología del legendario de Tolkien, y cuya atmósfera de cuento de hadas, con perros que hablan y héroes incorruptibles que se sacrifican en nombre del amor; es la antítesis de la saga de Los Hijos de Húrin, con su atmósfera, oscura y opresiva, con héroes menos idealizados y en la cual el precio de la victoria es la ruina de sus protagonistas.
En “La ruina de Doriath”, capítulo 22 del Silmarilión, Húrin es liberado de su cautiverio en Angband. Engañado, lleno de ira y con sed de venganza contra aquellos que trataron de ayudarle a el y a su familia, sin darse cuenta lleva a cabo el propósito de Morgoth, que “esparciera su odio por Elfos y Hombres antes de morir”. Así Húrin por sus acciones ocasiona indirectamente la caída de dos reinos de los Elfos.
Al darse cuenta de cómo había sido manipulado, Húrin dijo — “Recibid ahora, señor, el Collar de los Enanos como un regalo de alguien que no tiene nada, y como memoria de Húrin de Dor-Lómin. Pues ahora mi cumplido mi destino está, y consumado, el propósito de Morgoth; pero ya no más su esclavo soy.”
La historia termina diciendo de Húrin que "Privado de todo propósito y deseo, se arrojó al Gran Mar”, sin entrar en detalles. En mi cuento, quiero intimar en los últimos pensamientos de un hombre que se vio atrapado en las guerras e intrigas de seres inmortales, y que realmente nunca tuvo mucha injerencia sobre su destino y el de su gente.
También quisiera pensar que Húrin, después de una vida tumultuosa, marcada por la tragedia, viéndose por fin libre de su destino, de deseo y propósito; encontró paz en sus últimos momentos.
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