Terror Corporal: Pepsis
- Astra Castra
- 14 feb
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 18 mar

Gregory despertó con un sobresalto, flotando entumecido en total oscuridad. Tiempo y espacio conceptos tan abstractos como el vacío. Había soñado que caía, el retumbo frenético de su corazón llenaba el abismo. Arañazos, como ratas escarbando en la madera vieja, rompieron la ilusión de ingravidez. El aire espeso, cargado del olor dulcemente agrio de la putrefacción. Un dolor punzante en su cuello era la única pista de que seguía vivo.
—Estar muerto no puede doler tanto, ni oler tan mal —pensó con dificultad. Su mente divagaba; entre sueños febriles su conciencia iba y venía. Cuando dormía, soñaba que una montaña se le venía encima, enterrado vivo arañaba la tapa de su ataúd. Cuando despertaba los arañazos no se quedaban en sus sueños. Su imaginación conspiraba con su subconsciente para llenar el amorfo vacío intemporal de demonios y fantasmas que con las uñas trataban de romper la barrera entre pesadilla y realidad.
Instintivamente trató de llevarse las manos al cuello, pero las extremidades no le respondían. No sentía los brazos ni las piernas, ni nada más por debajo del cuello, excepto una extraña presión en su pecho con cada bocanada de aire fétido. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? Su mente llenaba las horas de preguntas, o eran días… El tiempo había perdido todo significado, hasta que un zumbido apagado lo sacó de su letargo.
Imágenes de cuadrillas de rescate afloraban en su imaginación, trabajando para liberarlo de los escombros. Intentó gritar, pero solo alcanzó a producir poco más que un ronquido seco. Una luz tenue perforó la oscuridad y el aire frío irrumpió de golpe, lágrimas de alivio pesaban en sus párpados, mientras esperaba a escuchar las voces de sus rescatadores. En su lugar algo enorme y pesado entró como un tren desbocado, con un zumbido infernal. Tragando el amargo nudo de desesperación en su garganta, Gregory trató de girar la cabeza, de moverse, de dar señales de vida, pero solo logró emitir un patético gemido.
Algo aterrizó en su pecho con un golpe seco. No alcanzaba a verlo, pero su olor era penetrante, perro mojado, sangre y heces. Una fuerza lo sacudió frenéticamente, los arañazos subliminales que irrumpían en sus sueños ahora una vibración irregular acompañada de ruidos húmedos y el crujido de huesos. Gregory escogió un punto entre las raíces que asomaban del techo para fijar la vista mientras esperaba a ser devorado.
Fue entonces que lo vio, una figura oscura se cernía sobre él, una docena de diminutos ojos negros lo miraba fijamente. La criatura permanecía inmóvil, frotando sus mandíbulas quitinosas como hoces negras que se abrían y cerraban con un chasquido horripilante. Entrando en pánico Gregory sacudía su cabeza, desesperado por huir, pelear, algo. Hasta que una nueva puñalada ardiente puso fin a su frenesí. Confusión, inconsciencia, oscuridad.
La criatura regresaba regularmente, como un halcón que alimentaba a sus polluelos. El zumbido anunciaba su llegada, depositaba la presa y lo miraba fijamente mientras esperaba en silencio, a que los crujidos y sacudidos cesaran. Luego un piquete y el dulce olvido de la inconciencia. Gregory quedaba sólo, en la oscuridad, rogándole a Dios porque todo terminara. Hasta que un día simplemente terminó, el gigantesco insecto destapó la madriguera, extendió cuatro alas membranosas y se marchó con un zumbido ensordecedor. Gregory podría jurar que antes de que partiera, había visto un rostro humano mirándolo con una sonrisa macabra.
Poco a poco fue recuperando sus facultades, conforme recuperaba la sensación, un dolor sordo lo invadía. Cuando por fin fue capaz de arrastrarse fuera de su escondite, comenzó a caminar sin rumbo bajo la luz de las estrellas, hasta que un grupo de baqueanos lo encontró vagando a la orilla del bosque. Sin saber qué hacer, lo acomodaron sobre el lomo de una mula para llevarlo a una aldea cercana.
Gregory despertó desnudo bajo un mosquitero. Alguien había vendado su cuello y pecho. Un ventilador oxidado luchaba inútilmente por refrescar la pequeña choza de madera. La garganta le ardía de sed, el estómago le rugía. Al ver un pichel de barro a su lado, lo tomó con manos temblorosas y bebió desesperado, cada trago aliviando el fuego en su interior como un bálsamo. Viendo que despertaba, una dulce viejita, arrugada como una pasa, se acercó para limpiarle el sudor de la frente.
—No hable, muchacho, el doctor ya viene —dijo la mujer con una sonrisa desdentada, tomando la jarra vacía de sus manos.
El alivio duró poco, el doctor lo encontró sentado en el catre, sosteniendo una vasija, vomitando. Era un hombre alto y delgado de unos treinta años, con el cabello cuidadosamente peinado y una gabacha blanca manchada de sudor. Poniendo un maletín de cuero sobre su cama, el médico se dispuso a examinarlo. Le revisó los ojos, palpó el cuello y tomó la presión antes de concentrarse en el bulto inflamado en su pecho, al presionarlo, la herida expulsó un fluido amarillento que manchó las sábanas, irradiando pulsos de dolor por todo su cuerpo.
—Señora, ¿podría traerme agua caliente y unas toallas, por favor? —dijo el doctor, logrando mantener la compostura profesional ajustó sus anteojos y sacó una pequeña botella de antiséptico de su maletín. —Esto te va a arder —advirtió, empapando un algodón del líquido rojizo.
Gregory no reaccionó, sus ojos fijos en la distancia, mientras el médico limpiaba la zona de la llaga supurante. Algo se agitaba bajo la piel en respuesta a la atención del buen doctor, quién manteniendo la compostura, sacó una jeringa de su maletín, la cual llenó de un líquido transparente. El súbito pinchazo hizo que Gregory se encogiera de golpe, el influjo repentino de adrenalina agudizando sus sentidos. Algo había salido disparado de su pecho, un tentáculo carnoso, como un tercer brazo había atrapado al doctor por la garganta con garras vestigiales como dedos. Venas negras palpitaban bajo su piel traslucida, el musculoso apéndice culminaba en una pequeña cabeza bulbosa cubierta de ojos y dos mandíbulas afiladas, que se cerraron como una ratonera con un chasquido húmedo.
El pobre doctor forcejeaba inútilmente, hasta que un crujido húmedo puso fin a la lucha. Las afiladas mandíbulas del gusano habían penetrado piel y hueso, mientras Gregory miraba atónito, esperando sentir horror, pánico o tristeza. En lugar de eso, una euforia inesperada lo llenó, la sorpresa y el horror dieron lugar a una completa sensación de paz. Gregory abrazó el cuerpo sin vida del doctor, sosteniéndolo contra su pecho como una madre que da pecho a su hijo, mientras la criatura en su seno succionaba el contenido de su cabeza.
—Lo siento, lo siento, lo siento —repetía Gregory como un mantra, sollozando, avergonzado de cuánto lo estaba disfrutando. Su cerebro nadando en el coctel de neurotransmisores que el gusano liberaba mientras se alimentaba. Nada podía opacar el éxtasis perfecto de aquel momento, ni la realización repentina de su papel en el macabro ciclo reproductivo de la criatura. Los arañazos, el sacudir frenético con cada presa que la avispa le presentaba, todo tenía sentido ahora. Gregory no era la presa.
Un grito y el estruendo de una olla cayendo rompieron el hechizo. La anciana estaba de vuelta, sosteniendo toallas contra su pecho, mientras la joven que le acompañaba gritaba como si estuviera en llamas. Poseído por una fuerza inesperada, Gregory se levantó de un salto, el cuerpo sin vida del doctor cayendo como muñeco de trapo a sus pies. Antes de que nadie pudiera reaccionar, ya había saltado por la ventana, echando a correr con velocidad sobrehumana hacia la selva, sintiéndose más vivo en ese momento que en toda su vida.
Gregory corrió hasta estar seguro de que nadie le seguía. El pequeño pueblo a la orilla de la selva, aterrorizado por el “caníbal” que se había comido la cara del doctor. Vagando sin rumbo, repasaba en su mente una y otra vez lo sucedido, un hombre inocente había muerto por su culpa, alguien que solo trataba de ayudarlo. Pero a la vez, no se podía sacudir la euforia de aquel momento, la oleada de placer que lo recorría mientras el monstruo dentro de él consumía a otro ser humano. Una gran culpa lo embargaba, no por la vida inocente que había tomado, sino porque no podía esperar para volverlo a hacer.
En el oscuro corazón del bosque, Gregory intentaba razonar consigo mismo, tratando de convencerse de hacer lo correcto, que lo mejor era entregarse, tratar de explicar todo, y así tal vez, en un hospital mejor equipado podrían extirpar a la criatura y acabar con la pesadilla, aún si esto significaba ir a la cárcel, cualquier cosa era mejor que vagar por el mundo con un monstruo en su pecho. Pero en el fondo sabía que no iba a funcionar, la criatura había probado sangre humana, y ahora podía sentir su apetito creciendo, una inquietud que despertaba y se enrollaba en torno a su corazón. En el fondo sabía que, si se acercaba a otro ser humano no podría resistir el impulso.
También pensó en maneras de acabar él mismo con el problema. Esperar el momento correcto para aplastar al gusano tan pronto asomara. No tuvo que esperar mucho, el gusano salía con regularidad a probar el aire. Gregory levantó una roca, pero por más que lo intentaba, algo lo detenía. El parásito colgaba del orificio en su esternón, volteando para mirarlo con una docena de ojos negros. Gregory soltó la roca y se echó a llorar amargamente, mientras la criatura se acurrucaba plácidamente en su guarida.
Los días pasaban y la larva crecía, alimentada por perros y gatos que Gregory lograba capturar, podía sentirla, escarbando en su interior, haciendo espacio para crecer con un crujido húmedo entre sus costillas, moviéndose entre sus órganos, abriéndose paso entre hueso y cartílago. Más que eso, podía sentir como una parte de su ser se debilitaba, la parte que se resistía a matar. Pero lo que realmente lo llenaba de terror, era que algo como cariño crecía en su lugar. Un instinto por proteger, un cariño paternal por el insecto homicida se alimentaba de lo que quedaba de su humanidad. Sin darse cuenta había empezado a hablarle, a arrullarlo por las noches, le llamaba “mi niño”.
Gracias a sus cuidados la larva empezaba a madurar, su piel translúcida se endurecía, y los pequeños brazos con los que sujetaba a sus víctimas se habían convertido en tenazas curvas y afiladas. Su propio cuerpo también cambiaba, todo lo que su niño no necesitaba desaparecía, sus geniales se marchitaron y desaparecieron, su estómago se secó, perdió el cabello y las uñas. Cada vez era más difícil saber dónde terminaba el hombre y comenzaba el insecto. Conforme sus cuerpos se volvían uno, sus sentidos se agudizaban, ya era capaz de encontrar víctimas por su olor, así como de acecharlas en completa oscuridad.
Conforme se aventuraba más y más cerca de la civilización, era más difícil pasar desapercibido. Historias del “caníbal” se habían esparcido y la gente de los pueblos aledaños ya no salía de noche. Después de sus primeras cacerías exitosas, policías habían llegado de la ciudad para investigar las desapariciones, y poco a poco el cerco comenzaba a cerrarse. Pero Gregory no era fácil de atrapar. Sus brazos y piernas ahora tenían fuerza sobrehumana, podía trepar árboles, saltar de rama en rama o cavar túneles bajo tierra como un animal.
Hasta que un día se le acabó la suerte. Para ese entonces su niño había crecido hasta el punto en que ya no lo necesitaba; Gregory era poco más que un pasajero en su propio cuerpo, dormía cada vez más, despertando cubierto de sangre, sin saber dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Podía sentir el cambio aproximarse, podía escuchar a los cazadores, buscando y el bosque ardiendo. Podía oler el humo y sentir las vibraciones de animales huyendo de la conflagración, pero ya no podía correr, el cambio había llegado. Su piel se desprendía, como pergamino seco. Su niño estaba inquieto, se estiraba y pujaba para salir. Gregory reía a carcajadas sin poder controlarse y sin saber por qué, mientras su carne ardía y su mente se desmoronaba.
Cuando finalmente salió de su escondite, Gregory ya no era humano. Sus brazos y piernas grotescamente alargados, su piel reseca quebrándose como pergamino, revelando una armadura quitinosa, negra e iridiscente ante las miradas incrédulas de la turba que había salido a matarlo. Con un último estirón orgásmico, un zumbido llenó el aire. En la espalda de la bestia, entre alas carmesíes como llamas bajo el sol, Gregory sonreía, poco más que un recuerdo en la mente del insecto, satisfecho por haber cumplido su último deber.
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